No podría decir con exactitud los años que llevo trabajando en el cole si no me paro a contarlos, pero aseguro que no son más de 15. El tiempo necesario para haber perdido la cuenta, sin embargo, insuficiente para haber vivido cambios significativos en cuanto a leyes educativas.

Si bien, cuando llegué se empezaba a escuchar de lejos, hablar de unas, por entonces desconocidas, competencias básicas, que hoy en día son competencias clave, la evaluación por competencias era un reto y hoy en día no solo es un hecho, también debemos aplicar los estándares de aprendizaje evaluables para describir el resultado del aprendizaje de cada alumno.

He pasado por cambios y exigencias administrativas que me han enseñado a ver las cosas desde realidades bien distintas y me han llevado siempre a la misma conclusión: hay que estar con los alumnos, trabajar con los alumnos y convivir con ellos para que todas las horas que pasamos rellenando informes y demás papeleo repercuta en su mejoría como personas.

Más allá de la burocracia tan necesaria como agotadora, reivindico la idea de dar valor a otra serie de patrones, estándares o comportamientos que deberían repetirse a diario por cada uno de nuestros alumnos y ante nosotros, y me niego a aceptar la idea de que ellos están detrás de un muro hecho de programaciones, informes, reuniones, memorias y demás trámites, ya que si algo he aprendido en estos “no más de 15 años “ es que es por y para ellos para los que debemos trabajar, programar, evaluar y hacer memoria cada mes de junio.

Como profes, vivimos con ese temor de caer en la tentación de olvidar lo importante y “evaluable” que es conocer el grado de felicidad en que se encuentran nuestros alumnos cuando están en el colegio, y no es por falta de vocación sino por falta de tiempo para parar y mirar a nuestro alrededor.

Hoy, quiero animarnos a todos a parar, mirar y comprender lo realmente necesario que es invertir tiempo en ese estándar de aprendizaje tan evaluable como significativo que es el grado de felicidad de un niño cuando esta jugando en el patio de su cole.

Estar feliz conlleva muchas cualidades en los niños, tan importantes como necesarias para que se produzca el tan ansiado aprendizaje. Un niño feliz, se encuentra tranquilo, sereno, receptivo, y lo más importante, transmite esa tranquilidad que padres y profes anhelamos tanto hoy en día.

Me siento orgullosa de decir que después de mi tiempo aquí y de pasar por cambios de todo tipo, hay cosas que siguen igual que el primer día que llegué y que cada día que me toca cuidar el recreo miro a mi alrededor y más allá de lloros por la pelota, de pérdidas de almuerzo y “dramas varios” típicos de un recreo normal, trabajo en un cole donde la sonrisa de los niños me dice que estamos educando a alumnos felices.

Mª José Rioja De Miguel
Maestra de Educación Primaria

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